
La historia, a veces, decide repetirse. Y cuando lo hace, no suele ser casualidad. La Real Sociedad volvió a encontrar en Estadio de La Cartuja el escenario perfecto para escribir otra página dorada de su historia: campeona de la Copa del Rey 2026 tras imponerse al Atlético de Madrid en una final agónica decidida en los penaltis (2-2, 3-4).
Cinco años después de aquel título marcado por la pandemia, el conjunto donostiarra levantó, esta vez sí, el trofeo ante su afición. Y lo hizo sufriendo, resistiendo y creyendo hasta el último segundo.
Un inicio fulgurante para marcar el tono
La final comenzó como un latigazo. Apenas 14 segundos bastaron para que Ander Barrenetxea silenciara a media Cartuja con un cabezazo que adelantaba a la Real Sociedad. Un golpe emocional que obligó al equipo de Diego Simeone a reconfigurar su plan desde el primer instante.
La reacción rojiblanca no tardó. El empate llegó en el minuto 18, obra de Ademola Lookman, en una jugada que devolvía la igualdad a un partido que ya apuntaba a épico.
Pero si algo define a esta Real es su carácter. Justo antes del descanso, un penalti cometido sobre Gonçalo Guedes permitió a Mikel Oyarzabal volver a poner por delante a los suyos. Otra vez Sevilla. Otra vez Oyarzabal. Otra vez la Copa.
El Atlético empuja y Julián Álvarez responde
La segunda mitad fue un ejercicio de resistencia para los de Pellegrino Matarazzo. El Atlético volcó todo su potencial ofensivo, empujado por el desgaste y la urgencia.
Y cuando parecía que el título se escapaba, apareció el talento. En el minuto 82, Julián Álvarez firmó un gol extraordinario para empatar la final y llevarla al límite.
El tramo final fue un asedio rojiblanco. Ocasiones claras, tensión máxima y una Real Sociedad que resistía como podía. La prórroga era inevitable.

Marrero, el héroe inesperado
Si el fútbol tiene héroes, esta final encontró uno nuevo: Unai Marrero.
El joven portero, que ya había sido decisivo en rondas anteriores, firmó una actuación memorable. Tras una prórroga sin goles, todo se decidió desde los once metros.
Ahí emergió su figura. Dos paradas —a Sorloth y a Julián Álvarez— bastaron para inclinar la balanza. El resto lo hizo la precisión de los lanzadores txuri-urdin.
El penalti definitivo, transformado por Pablo Marín, desató la locura.
Sevilla, territorio txuri-urdin
La Cartuja ya forma parte del ADN reciente de la Real Sociedad. Allí ganó en 2021. Allí volvió a hacerlo en 2026. Allí ha consolidado un idilio que trasciende generaciones.
Más allá del resultado, esta victoria simboliza algo más profundo: la consolidación de un proyecto, la reivindicación de una identidad y la confirmación de que este equipo sabe competir en los grandes escenarios.
Mientras en Donostia se prepara la celebración, en Sevilla quedó una imagen imborrable: Mikel Oyarzabal alzando la Copa al cielo.
La cuarta ya es una realidad. Y la historia, de nuevo, sonríe a la Real Sociedad.

