[HEMOS TARDADO EN PUBLICAR ESTA CRÓNICA PORQUE QUERÍAMOS DEJAR TIEMPO PARA CONOCER TODO BIEN.]
El Benidorm Fest vivió este febrero su edición más simbólica. Por primera vez desde su recuperación, el certamen no estaba vinculado a Eurovisión. La decisión de RTVE de retirarse del festival europeo marcó un punto de inflexión: menos presión internacional, más mirada interna. El resultado ha sido una edición más abierta, diversa y competitiva, que culminó con la victoria de Tony Grox y Lucycalys gracias al respaldo popular.
Dos semifinales sin favoritos claros
Las semifinales, celebradas en el Palau d’Esports l’Illa de Benidorm, dejaron claro que este año no había candidatura dominante. RTVE optó por mantener en secreto las puntuaciones previas, una decisión que añadió emoción e incertidumbre hasta el último momento.
En la primera semifinal destacaron propuestas como la energía rock de Kitai, que defendió el directo tradicional frente a las producciones coreografiadas, y la solvencia escénica de Izan Llunas, heredero de saga musical y con tablas televisivas. También llamó la atención la fusión urbana y setentera de The Quinquis.
La segunda semifinal apostó por una mayor diversidad estilística. Mayo presentó “Tócame”, definido por él mismo como pop queer: una puesta en escena geométrica, estética denim y discurso sobre las relaciones tóxicas. La identidad y la expresión corporal fueron parte central de su narrativa.
Asha, con “Turista”, ofreció una de las propuestas más conceptuales: un viaje amoroso en cuatro idiomas, ambientado en un tranvía amarillo que rendía homenaje al histórico Limón Exprés. Dani J llevó la bachata al escenario con estructura metálica y coreografía intensa, mientras Rosalinda Galán reivindicó la copla pasada por electrónica con una perspectiva feminista.
Seis artistas quedaron fuera del camino hacia la final, en una edición donde el nivel medio fue notable y la diversidad estilística evidente.
Una final abierta hasta el último voto
La gala final, emitida en directo por La 1, estuvo marcada por la ausencia de un claro favorito. El sistema de votación —50% jurado profesional, 25% televoto y app, 25% jurado demoscópico— volvía a situar el equilibrio entre industria y público como eje del desenlace.
La noche arrancó con el regreso de las ganadoras de anteriores ediciones: Chanel, Blanca Paloma, Nebulossa y Melody. Un gesto que subrayaba el legado eurovisivo, incluso en su ausencia.
Actuación tras actuación, la sensación era clara: cualquier cosa podía pasar. Miranda! & bailamamá partían fuertes en escuchas digitales; Kenneth conectaba con el público; Rosalinda Galán ofrecía una de las propuestas más personales y coherentes artísticamente; Asha brillaba en concepto y ejecución.
Pero fue Tony Grox y Lucycalys quienes lograron el equilibrio definitivo. “T amaré” combinó sensibilidad pop, conexión directa con el público y una interpretación sólida. Obtuvieron 166 puntos, con un respaldo decisivo del voto popular. Asha quedó segunda con 144 puntos y Rosalinda Galán tercera con 140.
Un festival que redefine su papel
Más allá del ganador, esta edición ha servido para redefinir qué es el Benidorm Fest sin Eurovisión.
Sin casas de apuestas pendientes, sin narrativa internacional dominante, el certamen se permitió mayor libertad estilística y una competencia más abierta. La producción escénica buscó homogeneizar recursos para evitar desigualdades entre artistas, apostando por un relato más justo y profesionalizado.
En audiencias, las semifinales marcaron un 11,1% de cuota, cifras correctas pero sin brillo. La gran incógnita era si el festival podía sostener interés sin el escaparate europeo. La respuesta parece intermedia: mantiene relevancia cultural, pero deberá consolidar una identidad propia a largo plazo.
Entre espectáculo, industria y representación
El Benidorm Fest 2026 ha sido una edición de transición. Un festival que ya no es preselección, sino evento en sí mismo.
Con propuestas queer visibles, fusiones folclóricas contemporáneas y una escena cada vez más diversa, el certamen sigue funcionando como termómetro cultural del pop español. Sin Eurovisión, pero con relato propio.
Y esa, quizá, sea su mayor victoria.