
Llega otro capítulo negro a la historía política de Orihuela, la ciudad donde todos sus alcaldes del PP han sido imputados por corrupción. Ahora, sumamos otro caso a la larga lista que tiene la ciudad. La exalcaldesa de Orihuela, Mónica Lorente, ha sido imputada por unas presuntas subvenciones fraudulentas destinadas al equipo local, el Orihuela C.F., por una cifra mayor a los 800.000€
La noticia ha resonado con fuerza en una ciudad acostumbrada a los escándalos políticos. Para los oriolanos, la corrupción ya no es un hecho aislado, sino un patrón que atraviesa décadas de gestión municipal. Cada imputación, cada caso judicial abierto, se percibe como un nuevo golpe a la credibilidad de quienes gobiernan, y, en este contexto, la de Lorente no es solo otra exalcaldesa señalada: es un símbolo de la dificultad de Orihuela para romper con la cultura de impunidad que ha marcado la política local durante años. Los vecinos observan con resignación y, a la vez, con una cierta indignación contenida, cómo las instituciones que deberían garantizar transparencia y control se ven envueltas una y otra vez en investigaciones por el desvío de fondos públicos, mientras la ciudad sigue enfrentándose a problemas cotidianos que no encuentran solución.
Subvenciones y presunta malversación
El caso que ahora ocupa la atención judicial gira en torno a una serie de subvenciones concedidas al Orihuela Club de Fútbol durante los años 2007 a 2009. Según la Fiscalía, los fondos, que superan los 824.000 euros, habrían sido entregados sin cumplir con los criterios legales que rigen la asignación de ayudas públicas, lo que, de confirmarse, constituiría un claro perjuicio económico para el erario municipal. La acusación apunta no solo a Lorente, sino también a varios miembros de su equipo de gobierno de aquel momento, incluyendo dos concejales, un técnico municipal y el interventor, además de directivos del club que habrían recibido y gestionado los recursos de manera irregular. Los delitos que se investigan abarcan desde la prevaricación administrativa y la malversación de fondos públicos hasta negociaciones prohibidas a funcionarios, lo que indica un entramado complejo que conecta decisiones políticas con intereses privados, generando un impacto directo sobre la ciudadanía y la reputación institucional de Orihuela.
Más allá de los hechos concretos, este caso vuelve a situar sobre la mesa un debate recurrente: la relación entre el deporte local y la política municipal. El Orihuela CF, como equipo histórico de la ciudad, ha recibido tradicionalmente apoyo financiero del Ayuntamiento, pero el límite entre el respaldo legítimo a una entidad deportiva y la utilización de recursos públicos para fines particulares se ha vuelto difuso, y este caso judicial podría sentar precedentes importantes sobre la rendición de cuentas en estas circunstancias. Los abogados de la defensa sostienen que las subvenciones respondían a compromisos contractuales previamente establecidos y que los procedimientos internos se ajustaron a lo que consideraban legalmente correcto, mientras que la Fiscalía argumenta que existió un aprovechamiento indebido de los fondos y un quebranto evidente para las arcas municipales.
Juicio aplazado y paralelismos con casos anteriores
El inicio del juicio, que debía celebrarse en la Audiencia Provincial de Alicante, con sede en Elche, ha sido pospuesto indefinidamente debido a la enfermedad de uno de los abogados defensores. Este aplazamiento genera una sensación de déjà vu entre quienes siguen la política oriolana, ya que recuerda inevitablemente la primera convocatoria del juicio contra el actual alcalde, Pepe Vegara, que también se suspendió por motivos similares. La repetición de estos retrasos contribuye a alimentar la percepción de lentitud y provisionalidad en los procedimientos judiciales y plantea preguntas sobre la eficacia de la administración de justicia cuando se trata de casos de alto perfil político.
La indefinición temporal del juicio deja un vacío inquietante en la esfera pública: los ciudadanos saben que existe una investigación en curso, pero desconocen cuándo se resolverá y cuáles serán las consecuencias concretas. Este limbo judicial no solo afecta a los acusados, sino que también prolonga el impacto sobre la imagen de la ciudad, la confianza en sus instituciones y la moral cívica de quienes habitan Orihuela. En una localidad donde cada caso de corrupción ha dejado cicatrices visibles en la opinión pública, la espera se percibe como otra capa de frustración acumulada.
Orihuela CF: entre orgullo local y polémica financiera.
El Orihuela CF, fundado hace más de un siglo, ocupa un lugar especial en la identidad de la ciudad. Es más que un equipo de fútbol: es un símbolo de comunidad, de tradición y de pasión deportiva. Sin embargo, su historia también está marcada por dificultades económicas y dependencias de las administraciones locales, lo que lo convierte en un ejemplo claro de cómo el deporte puede entrelazarse con la política. La actual imputación vuelve a abrir el debate sobre los límites del apoyo institucional y la necesidad de transparencia absoluta en la gestión de recursos públicos. Los vecinos recuerdan con nostalgia los años de gloria del club, pero también señalan que la sombra de los escándalos ha empañado cualquier celebración deportiva.
Al mismo tiempo, la relación entre fútbol y política en Orihuela refleja un patrón más amplio en la ciudad: la capacidad de las instituciones de otorgar privilegios a ciertos actores en detrimento del interés general. La combinación de un equipo históricamente querido, sumada a la percepción de irregularidades en la administración, genera una narrativa compleja que involucra emociones, historia y legalidad, y que convierte cada caso judicial en un episodio mucho más allá de los tribunales.
Un patrón de impunidad histórica.
Orihuela ha sufrido un ciclo prolongado de imputaciones y procesos judiciales que abarcan varias décadas y que involucran a casi todos los alcaldes del Partido Popular desde los años noventa. Este patrón ha generado una sensación de impunidad percibida, en la que los titulares mediáticos se suceden con rapidez, mientras los juicios y las resoluciones tardan años en llegar. Para los ciudadanos, cada nueva imputación no solo confirma la vulnerabilidad de las instituciones frente a la corrupción, sino que también cuestiona la capacidad de los responsables políticos para actuar con ética y transparencia. La repetición constante de estos casos ha calado hondo en la memoria colectiva de la ciudad y contribuye a un desencanto crónico con la política local.
Los expertos en gobernanza y transparencia señalan que la acumulación de imputaciones en una misma ciudad puede tener efectos estructurales negativos: erosionar la confianza en la administración, dificultar la atracción de inversiones y debilitar el tejido social. En Orihuela, estas consecuencias ya son visibles, tanto en la percepción externa como en la interna: los vecinos no solo critican la corrupción, sino que también sienten que la política local ha dejado de representar los intereses de la comunidad para convertirse en un espacio de conflictos de poder y manejo irregular de recursos.

Esperando resolución
Con el aplazamiento del juicio y la ausencia de fecha definida, la ciudad queda otra vez en suspenso, a la espera de que la justicia actúe y determine la responsabilidad de los acusados. Mientras tanto, la sombra de la investigación continúa proyectándose sobre Lorente, los demás implicados y la administración local, recordando que Orihuela sigue atrapada en una narrativa de escándalos políticos que parecen no tener fin. Para la ciudadanía, el desafío es mantener la vigilancia y exigir transparencia, mientras los tribunales avanzan con lentitud y los titulares vuelven a narrar historias de corrupción que ya se han repetido demasiadas veces.
Cada nuevo capítulo judicial es también una oportunidad para reflexionar sobre la necesidad de cambios estructurales que eviten la repetición de los mismos patrones. La historia reciente de Orihuela demuestra que sin mecanismos efectivos de control, supervisión y rendición de cuentas, la política local corre el riesgo de quedar marcada indefinidamente por la sospecha y la desconfianza, afectando no solo la administración pública, sino también la vida cotidiana de quienes habitan la ciudad.