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LUX: cuando el amor muere, pero la voz sigue viva, según ‘Sta.’ Rosalía

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Rosalía no lanza discos: lanza universos. LUX es, quizá, el más íntimo de todos. Un viaje emocional, narrativo y espiritual que recuerda inevitablemente a El mal querer, no solo por su estructura de relato, sino porque vuelve a construir una historia en torno a la herida del amor. Pero aquí, en lugar de la pasión como fuego, lo que hay es ceniza: una reflexión sobre lo que queda después de amar, sobre la reconstrucción, el perdón y la búsqueda de luz.

El título, LUX, no podría ser más elocuente: la luz que nace de la oscuridad. A lo largo de dieciocho canciones, Rosalía teje una liturgia moderna que va del dolor a la esperanza, pasando por el cuerpo, la fe, la culpa y el deseo. Es un disco confesional, pero también cinematográfico. Escucharlo es como asistir a una misa emocional donde cada tema cumple el papel de un rito: duelo, purificación, resurrección.


I. El comienzo del derrumbe

El álbum se abre con “Sexo, Violencia y Llantas”, una canción que irrumpe como una revelación. Es la más poderosa, la que marca el tono del relato. En ella se mezclan la carne y la fe, la pasión y la pérdida. Es la declaración de una artista que se atreve a mirar su herida sin apartar la vista. Es, probablemente, la canción más visceral del disco y, al mismo tiempo, la que condensa toda su fuerza narrativa.

En “Reliquia”, Rosalía busca refugio en los lugares seguros, en los espacios donde la memoria aún abriga. Es una canción que suena a hogar, a fotografía antigua, a ese rincón emocional donde todo duele menos.

“Divinize” transforma la vulnerabilidad en plegaria. Hay algo casi sacro en su interpretación, como si la artista se entregara a una divinidad que no sabe si existe, pero a la que sigue rezando por costumbre.

Con “Porcelana”, la fragilidad se convierte en tema central. Rosalía se muestra translúcida, quebradiza, humana. La voz parece una grieta fina que se abre en silencio, revelando el interior de quien ha amado demasiado.

Y en “Mio Cristo (Piange Diamante)” la emoción alcanza su punto más espiritual. Es un canto a la redención, a la mezcla entre lo religioso y lo carnal. Como si el dolor fuera, al mismo tiempo, culpa y salvación.


II. La noche, la pérdida y la mirada

El disco se adentra después en la oscuridad de la ruptura. “Berghain” sorprende por su teatralidad. Lleva el nombre del mítico club berlinés, pero suena a ópera contemporánea, a exceso emocional. Rosalía se atreve a unir lo sagrado y lo profano, lo nocturno y lo litúrgico.

“La Perla” es, en cambio, la calma después de la tormenta. Una confesión íntima sobre el daño en una relación, narrada sin rencor, con esa serenidad que solo llega cuando se ha llorado todo.

Luego llega “Mundo Nuevo”, y con ella el cambio de tono. Aún hay dolor, pero también una visión a futuro. Es la primera vez que se intuye la posibilidad de estar mejor. No hay olvido todavía, pero sí un deseo de reconstruirse.

“De Madrugá” es una canción de insomnio. Suena a desvelo, a no poder soltar el pasado antes de amanecer. Hay algo profundamente humano en ese no querer cerrar los ojos por miedo a recordar.

En “Dios es un Stalker”, Rosalía vuelve al amor pasado, pero desde la obsesión y la distancia. Es mirar lo que ya no es, revisar perfiles, imaginar vidas ajenas, sin poder soltar. El título, provocador y brillante, resume el dilema: ¿cuánto de lo divino tiene la mirada que no deja de observarnos?


III. De la herida al renacer

“La Yugular” es una de las piezas más emocionales del disco. La voz parece quebrarse, y ahí está su belleza: en esa vulnerabilidad que se convierte en arte. Es una canción que duele, pero también libera.

“Focu ‘ranni” marca el comienzo del renacer. Rosalía parece volver de las sombras con una fuerza nueva. Ya no canta desde el lamento, sino desde la resistencia. Es la superación hecha ritmo, el renacer en forma de canto.

“Sauvignon Blanc” ofrece un respiro, un momento de sutileza y amor. Es la calma serena de quien ya no busca entender, solo sentir.

“Jeanne” rescata el espíritu feminista que siempre ha acompañado a Rosalía. No necesita proclamas: su feminismo se filtra en el tono, en la independencia, en el modo de contarse sin intermediarios.

Con “Novia Robot”, la artista se reprograma emocionalmente. Pasa del dolor a la afirmación, de la tristeza al poder. Es el punto de inflexión donde la protagonista deja de ser víctima para recuperar el control de su historia.

“La Rumba del Perdón” cierra el ciclo de culpa. Aunque su título sugiere reconciliación, lo que transmite es libertad. Es un perdón hacia una misma, un acto de rebeldía y autocompasión.

“Memória” es pura nostalgia. No hay reproche, solo recuerdo. Mirar atrás sin miedo es también una forma de sanar.

Y finalmente llega “Magnolias”, una despedida luminosa. La flor blanca del título simboliza la muerte del amor que tenía la protagonista. No hay tragedia, solo aceptación. El final de LUX no es el final del amor, sino el comienzo de otra forma de vivirlo: desde la luz, desde la calma.


IV. Epílogo: la luz que queda

LUX no es un disco fácil, ni busca serlo. Es una obra que requiere escucha, tiempo, entrega. Rosalía se despoja de artificios y se muestra entera, madura, más cerca que nunca de la artista total que siempre prometió ser.

Hay en este álbum una narrativa circular: el dolor se transforma en comprensión, la oscuridad en claridad. Si El mal querer era la historia del fuego, LUX es la historia de la ceniza, del humo que se disuelve y deja ver el cielo.

Cuando termina Magnolias, lo que queda no es silencio, sino algo más tenue y profundo: la sensación de que hemos asistido al nacimiento de una nueva Rosalía, más humana, más libre y, sobre todo, más luz.

Valoración general

LUX no es simplemente un nuevo capítulo en la carrera de Rosalía: es su renacimiento. Un álbum que deja atrás la provocación estética para abrazar la vulnerabilidad sin filtros. Si Motomami era el grito, LUX es el susurro que llega después; la intimidad tras el ruido. Hay una madurez emocional y sonora que sorprende incluso a quienes ya la consideraban una artista completa.

En lo musical, el disco se mueve entre la electrónica minimalista, la orquestación barroca y los silencios medidos. No hay un género dominante: hay atmósferas. Rosalía no busca conquistar la pista de baile, sino el espacio interior del oyente. Cada tema respira con libertad, sin necesidad de demostrar nada. La voz, en primer plano, es más instrumento que nunca: frágil, contenida, luminosa.

Narrativamente, el álbum se comporta como una película. Desde la herida inicial hasta la redención final, cada canción ocupa su lugar en una estructura perfectamente tejida. No hay relleno, sino capítulos. LUX se escucha como una confesión íntima hecha arte, una reconstrucción que no teme mostrarse imperfecta.

Lo más admirable es que, pese a la melancolía que atraviesa todo el disco, nunca se hunde en la tristeza. Hay dolor, sí, pero también una determinación silenciosa a seguir adelante. Rosalía no canta para que la comprendan, sino para comprenderse.

En tiempos donde la música tiende a lo inmediato y lo efímero, LUX exige tiempo, calma y emoción. Es un disco que no busca agradar, sino quedarse. Quizá no se entienda del todo en la primera escucha, pero se queda latiendo después, como una oración que resuena en la memoria.

Con LUX, Rosalía confirma lo que ya intuíamos: que su arte no pertenece a un solo género, ni a una época, ni siquiera a un idioma. Es una artista del sentimiento, una alquimista de la emoción. Y esta vez, más que nunca, ha conseguido convertir su oscuridad en luz.

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