
La periodista y ensayista Mar Manrique publica su primer libro, Un trabajo soñado, un ensayo que nace de la experiencia personal para construir un retrato generacional sobre el trabajo creativo, internet y las contradicciones de la cultura de la productividad. En esta conversación, Manrique reflexiona sobre el desencanto de su generación con el discurso meritocrático, la precariedad en los primeros años de las profesiones digitales y el impacto de las redes sociales en la construcción de la identidad laboral. Con un tono realista pero sin renunciar a la defensa de la creación y la vocación, la autora invita a mirar el presente del trabajo digital desde una perspectiva crítica y compleja.
— Qué guay. Y bueno, ¿cómo llevas que el libro haya salido hoy?
— Ha salido hoy, sí. Aún no he tenido tiempo de ir a librerías a mirar en cuáles está y en cuáles no, porque quería hacerlo esta tarde y sorprenderme un poco. Luego ya me pasaré por algunas para ver qué tal. De momento estoy expectante.
— Eso también puede generar un poco de presión, el verse en las librerías, ¿no?
— Es que al ser mi primera vez parto como de una especie de tabla rasa. Todo va a ser sorprendente y emocionante porque intento ir sin expectativas. No soy una autora consagrada que pueda permitirse que un libro pinche. Al ser la primera publicación, cualquier pequeño gesto me va a contentar. Si no está en una, dos o tres librerías, también lo entenderé, porque los potenciales lectores tienen que pedir el libro para que las librerías lo soliciten a las editoriales. Además, en España hay muchísima producción literaria y es necesario hacerse un hueco.
— Tú ya eres una periodista conocida en España…
— Sí, creo que cada vez más. A medida que he ido escribiendo Fleet Street, la newsletter que llevo desde hace cinco años, la gente ha ido conociéndome más. También han influido otras cosas, como el premio a periodista joven del año de la Asociación de la Prensa de Madrid, que se anunció el 9 de enero. Son diferentes factores que hacen que la gente te ponga un poco en el radar. Entre colaboraciones en medios y otros proyectos, creo que sí hay un cierto reconocimiento, pero aun así hay que seguir haciéndose un hueco.
— ¿En qué momento sentiste que había una generación que debía ser contada?
— Creo que he partido de lo pequeño a lo grande, de mi propia experiencia y de hablar con amigas, muchas de ellas periodistas, para entender la frustración que también estamos viviendo. Es algo que afecta sobre todo a los perfiles creativos: periodistas, fotógrafos, diseñadores, personas que trabajamos con la escritura, el arte o la creación.
Pero también se está extendiendo a otros ámbitos. Hoy en día, incluso alguien que ha estudiado un máster en ADE puede encontrarse con que tampoco le están llamando para trabajar.
Nuestra generación ha creído en el discurso de la meritocracia: que hacer másteres, prácticas y moverse constantemente para ser visibles nos garantizaría la seguridad económica que tenían las generaciones de nuestros padres. Sin embargo, cuando se cumplen todos esos pasos y se comprueba que el resultado no es el prometido, aparece la decepción.
No es una queja personal, porque yo he trabajado mucho y he tenido la suerte de que se reconozca ese trabajo, pero sé que mucha gente de mi generación no ha tenido esa misma oportunidad. El discurso meritocrático termina siendo una falacia, también en el espacio digital, porque el algoritmo no funciona con un decálogo que explique por qué a unas personas les funciona su contenido y a otras no.
Creo que somos una generación más que tiene que encontrar su voz, como todas las generaciones. Nuestra historia es interesante porque se prometió una cosa y ahora estamos aprendiendo que quizá hay que trabajar de otra manera.
— ¿Hubo algún detonante concreto para empezar a escribir el libro?
— Uriol Alcorta, que es mi editor, me escribió proponiéndome la posibilidad de escribir un libro. Al principio surgían temas más específicos del periodismo digital, como el auge y la caída de algunos medios.
Pero yo no quería hablar de eso. Lo que me interesaba era reflexionar sobre cómo, teniendo un trabajo a jornada completa en medios o agencias, yo mantenía un proyecto paralelo como Fleet Street para intentar conseguir más oportunidades.
Me preocupaba mucho la autoexplotación, esa sensación de estar todo el tiempo en una rueda para conseguir visibilidad y nuevas oportunidades, y también la mezcla entre vida, trabajo e identidad. La pregunta de quién soy si quito la palabra periodista de esa identidad es un tema que quería explorar en el ensayo.
— Hablabas de las prácticas y de la situación de los jóvenes periodistas. ¿Cómo ves el panorama en España?
— Hace seis años que me gradué y quizá me queda un poco lejos esa etapa, pero sí veo movimiento en el sector.
En muchas ocasiones, una parte importante del trabajo diario en los medios la están haciendo personas en prácticas, no perfiles contratados. Y en el periodismo tradicional existe además la casuística de que en algunos casos esas prácticas no se pagan.
En otros sectores, como consultoría o comunicación, al menos suelen cubrir el transporte o ofrecer una compensación económica mínima, pero en los medios la situación es más complicada.
La estructura económica de los medios es difícil y están intentando que el modelo sea sostenible, por lo que en muchos casos se recorta en personal y se recurre a becarios para cubrir parte del trabajo.
— ¿Internet ha generado desencanto en tu generación?
— Creo que el desencanto puede empezar cuando pasamos de entender internet como un espacio social y de entretenimiento a convertirlo también en una herramienta de trabajo.
Nuestra generación creció usando internet para socializar, hablar con compañeros de clase o compartir experiencias. Era un espacio de conexión y de ligereza.
Pero cuando internet se convierte en un sistema de productividad constante, donde hay que estar publicando y pensando en la visibilidad laboral todo el tiempo, aparece el cansancio. Lo que antes era entretenimiento y relación social se transforma en exposición y utilidad profesional.
— ¿Qué papel han tenido las redes sociales en la construcción o destrucción del sueño generacional?
— Han tenido un papel enorme porque han vehiculado tanto la socialización como el trabajo.
Las redes han permitido el surgimiento de nuevas profesiones como creador de contenido, divulgador o influencer, que no existirían sin esta estructura digital. Es una nueva hornada profesional que se sostiene gracias a las redes sociales.
Al mismo tiempo, también han cambiado la forma en la que entendemos la exposición pública. Cuando estoy en Instagram, por ejemplo, pienso en varios filtros: el filtro de recursos humanos, el filtro personal y el filtro profesional, porque sabes que lo que publiques puede influir en oportunidades futuras.
Antes había una ingenuidad que hacía todo más ligero.
— ¿La generación ha confundido vocación con explotación?
— No sé si en algún momento se confundieron, pero ahora creo que somos conscientes de que son cosas diferentes. El problema es que muchas veces, para poder dedicarse a la vocación, hay que pasar por un proceso de autoexplotación.
Esto me genera tristeza porque durante un tiempo se ha transmitido un mensaje muy optimista sobre la movilidad y el esfuerzo. Yo siempre intento dejar claro cuando voy a una universidad que este es el camino que hay que recorrer si se quiere llegar a determinados objetivos.
Si quieres crear un podcast o trabajar en el ámbito digital, hay que dedicar muchas horas y el inicio no suele estar bien remunerado. Ahora mismo, uno de los mecanismos para dedicarse a la vocación puede implicar trabajar más horas de las que uno desearía.
Hay personas que no estarán de acuerdo con esto, y está bien. Cada uno pone sus barreras. Pero si se quiere trabajar en ciertos sectores del periodismo digital, probablemente no se pueda empezar con condiciones ideales.
— ¿Existe una romantización del emprendimiento digital?
— Probablemente sí.
Tener una buena idea, mucho esfuerzo y compromiso no garantiza el éxito económico. En el resultado influyen factores como la suerte, el momento en el que se desarrolla el proyecto, el capital social, las redes de contacto o la situación económica y familiar de cada persona.
Por mucho esfuerzo que se invierta, hay variables que no dependen solo del talento o de la vocación.
— ¿La autenticidad en internet sigue existiendo o ya es una performance?
— Es muy difícil hablar de autenticidad porque siempre hay un componente performativo.
Aunque se quiera ser natural, existe una conciencia de la mirada del otro. Cuando publicas algo estás pensando en cómo el mensaje va a ser percibido y en cómo puede influir en la construcción de tu imagen pública.
Hoy incluso las formas de aparente naturalidad se convierten en tendencia: las imágenes borrosas o el contenido que pretende parecer espontáneo pueden volverse fórmulas cuando se masifican.
Todo se vuelve masivo y, al volverse masivo, pierde parte de su singularidad.
— ¿Qué fue lo más difícil de escribir del libro?
— La conclusión.
El libro fue difícil en general porque lo escribí compaginándolo con mi trabajo. Lo desarrollé en fines de semana, noches y momentos libres. Era un proyecto que siempre estaba presente en mi cabeza.
Cuando investigas temas como el teletrabajo, los nómadas digitales o las clases sociales en internet, cada parte puede investigarse con un principio y un final. Pero cerrar el libro fue más complejo porque las soluciones no pueden venir de una sola persona.
Las transformaciones que se plantean requieren un cambio colectivo, un debate social sobre cómo queremos trabajar y relacionarnos con el ecosistema digital.
— ¿Cómo equilibraste el tono entre lo personal y lo colectivo?
— Escribo desde un tono personal porque es la forma que tengo de conectar con el lector. Incluir anécdotas personales permite que alguien pueda reconocerse en lo que lee.
Pero también intento ampliar el marco incorporando investigaciones, entrevistas y otras voces que hagan que el libro no sea solo mi experiencia individual, sino un reflejo más amplio de una realidad generacional.
— Después de escribir el libro, ¿te sientes más escéptica o más esperanzada?
— Me siento más en paz. Para mí ha sido como llegar a un acuerdo con mi propia identidad como periodista. Siento que ahora puedo ver las cosas como realmente son.
Es lo que decía antes, “pasar por ese aro”. Hace tres años pensaba que había que volverse un poco loco y trabajar muchísimo para avanzar. Ahora entiendo que tengo que asumir ciertas dinámicas si quiero dedicarme a lo que me gusta, pero también sé que el descanso es muy importante y estoy intentando priorizarlo cada vez más.
Es un enfoque más realista y más tranquilo para entender el escenario que tengo por delante y decidir cómo quiero caminar ese camino. Antes quizá todo se movía desde la inercia; ahora intento hacerlo desde la decisión consciente. Porque a mí me encanta crear y quiero seguir haciéndolo, quiero seguir escribiendo y comunicando, pero intentando quitar aquellas dinámicas que no me hacen bien cuando la tecnología e internet entran en la ecuación.
— ¿Este libro lo consideras un cierre o el inicio de nuevas preguntas?
— Lo considero completamente el inicio de nuevas preguntas. El libro parte de una base y explora unos temas con los que estoy segura de que mucha gente se va a sentir identificada. Me gustaría que se entendiera como un punto de partida para seguir haciéndonos preguntas.
La idea es que se convierta en un impulso para un debate más colectivo sobre cómo podemos hacer las cosas de manera diferente: cómo podemos exigir un trabajo distinto y cómo podemos empezar a usar las redes sociales de otra forma, intentando alejarnos de ciertas modas.
Porque yo misma también he caído en esas dinámicas. Por ejemplo, ahora se ha puesto de moda el teléfono móvil que funciona como un dispositivo minimalista, como un “brick” que no tiene redes sociales ni ciertas funciones. Y eso también puede convertirse en una moda más, en una estética, si no se reflexiona sobre el fondo del cambio.
— ¿A quién está dirigido el libro?
— Creo que puede leerlo cualquier persona, pero está especialmente pensado para la gente de nuestra generación: principalmente generaciones jóvenes, como la generación Z y los millennials, aunque también puede interesar a personas de otras edades que quieran entender cómo está cambiando la relación entre trabajo, internet y cultura profesional.
— Y ya por último, alguien que esté estudiando ahora periodismo, ¿qué le recomendarías para su carrera?
— Creo que hay que mirar el periodismo por lo que es, no solo como algo que es completamente necesario para la sociedad y para la democracia, sino también como la profesión a la que nos queremos dedicar. El periodismo tiene un componente social enorme dentro de nuestras sociedades, pero también es un trabajo con sus propias condiciones.
Ahora mismo el periodismo requiere mucha vocación y mucho compromiso, y hay que ser consciente de que puede haber dificultades para crecer profesionalmente y de que los salarios iniciales suelen ser bajos. Hay que entender la profesión con sus luces y sus sombras, igual que entendemos a las personas.
Una vez hecho ese análisis y si se mantiene la ilusión por dedicarse al periodismo, hay que moverse mucho, trabajar y asumir que algunas dinámicas pueden implicar esfuerzo e incluso cierto grado de autoexplotación si se quiere avanzar en determinados entornos profesionales. Por eso hablo de “pasar por el aro” de estas dinámicas si uno realmente desea dedicarse a esto.
Lo importante es entender en qué profesión se quiere entrar, explorarla y buscar oportunidades de forma activa. Y también no sentirse mal si en algún momento se descubre que el periodismo no es el camino elegido, porque a mucha gente le ocurre y es completamente legítimo.
Un trabajo soñado se presenta como un ensayo que combina memoria personal, análisis cultural y reflexión generacional para abordar las transformaciones del trabajo en la era digital. A través de su mirada, Mar Manrique cuestiona la narrativa optimista que durante años vinculó el esfuerzo individual con la estabilidad económica y profesional, poniendo el foco en las estructuras que condicionan las oportunidades dentro del ecosistema creativo y mediático.
El libro no plantea soluciones cerradas, sino que invita a un debate colectivo sobre el modelo de trabajo que se está consolidando en las sociedades conectadas. Entre la crítica y la aceptación de las luces y sombras del periodismo y de internet, la autora defiende la importancia de la vocación, pero también la necesidad de asumir que la creación y la dedicación profesional requieren un equilibrio entre ilusión, realismo y condiciones dignas. En un momento de sobreexposición digital y de incertidumbre laboral, el ensayo se convierte en un testimonio de una generación que intenta encontrar su lugar entre el deseo de crear y las exigencias de un sistema en constante transformación.
La entrevista al completo el viernes a las 20:00 horas en No Cambies Tu Hablar
