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España clama contra el negacionismo: un 25N marcado por la división feminista y la batalla por el relato

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El 25 de noviembre de 2025 volvió a teñir las calles de España de morado, pero también volvió a mostrar la fractura interna de un movimiento feminista que durante décadas se manifestó de forma unitaria. Entre el frío, la lluvia y el ruido político creciente, más de 40 marchas celebradas en distintas ciudades produjeron una fotografía compleja: miles de personas exigiendo el fin de la violencia machista frente al avance del negacionismo, mientras el propio feminismo continúa dividido por cuestiones que hace diez años ni siquiera estaban encima de la mesa.

La tensión entre quienes defienden un feminismo abolicionista —contrario al trabajo sexual, crítico con las mujeres trans y enfocado en la prostitución, la pornografía y los vientres de alquiler— y quienes integran corrientes transfeministas interseccionales —que reivindican la pluralidad de identidades y luchas— volvió a protagonizar la jornada. Las calles mostraron, una vez más, que la violencia contra las mujeres es estructural, pero también que el propio movimiento encara una crisis identitaria que se superpone a la batalla política contra la ultraderecha.


Madrid: dos marchas, un mismo clamor… y un mismo problema

La capital volvió a ser el epicentro de las movilizaciones, aunque con menor asistencia que en anteriores 25N. Por tercer año consecutivo, Madrid vivió dos manifestaciones separadas. Según la Delegación del Gobierno, entre ambas reunieron unas 5.000 personas, una cifra por debajo de los años de mayor afluencia.

Por un lado, el Foro de Madrid y el Movimiento Feminista de Madrid agruparon a los colectivos abolicionistas. Su marcha —que recorrió Alcalá, Gran Vía y Plaza de España— reunió a 2.000 personas según Delegación y 5.000 según las organizadoras. La pancarta principal era explícita: “Contra la violencia machista y el negacionismo, ¡basta de abandono institucional!” A su paso se escucharon consignas como “Cuidado, puedes tener a un putero al lado” y críticas a la gestión de las pulseras telemáticas para agresores machistas, que llevan meses encadenando fallos.

La segunda manifestación, convocada por la Comisión 8M, movilizó a entre 3.000 (Delegación) y 10.000 personas (organización). Fue una marcha marcadamente interseccional, que conectó la violencia de género con el racismo, la precariedad, los desahucios y el conflicto palestino. Bajo el lema “Todas y todes contra la violencia racista y patriarcal”, el colectivo defendió explícitamente a las mujeres trans y quiso dejar claro que para ellas el feminismo no puede dejar a nadie fuera.

A nivel político, ambas marchas fueron un escaparate de posiciones. Ministros del Gobierno, dirigentes del PSOE, Unidas Podemos y Sumar, y hasta representantes del PP participaron en uno u otro recorrido. La ministra de Igualdad, Ana Redondo, asistió a los dos, desde donde pidió al PP que rechace la “agenda antifeminista” de Vox y denunció que los consensos históricos están siendo erosionados en instituciones como la Federación Española de Municipios y Provincias (FEMP), donde la falta de acuerdo ha impedido aprobar una declaración institucional contra la violencia machista.


Barcelona: dos columnas y un mensaje compartido

La fractura también se palpó en Barcelona, donde la marcha convocada por Novembre Feminista reunió a unas 1.500 personas según la Guardia Urbana. La mayoría mujeres, muchas jóvenes, recorrieron la ciudad al grito de “No es un hecho aislado, es el patriarcado” y “Yo sí te creo”. La organización denunció la “justicia patriarcal” y reclamó más recursos para combatir las violencias machistas.

A la misma hora, la plataforma Feministes de Catalunya —que agrupa a 24 entidades— celebraba su propia concentración en Sant Jaume. Críticas con las leyes de identidad de género y defensoras del abolicionismo de la prostitución, señalaron que la manifestación paralela “le hace el juego al patriarcado” por incorporar a mujeres trans y a trabajadoras sexuales.

El desacuerdo ya no es una anécdota: es un eje político que redefine fronteras internas y discursos. En Cataluña, donde el movimiento feminista ha sido históricamente cohesionado, la fractura tiene ya entidad propia.


Balears: dos marchas a 50 metros de distancia

En Palma, alrededor de un millar de personas participaron en dos marchas simultáneas separadas por apenas 50 metros. El Movimiento Feminista de Mallorca representó al sector clásico; la Coordinadora Transfeminista, al espacio inclusivo y diverso que incorpora a colectivos trans.

Ambas reclamaron lo evidente: “El negacionismo mata”. La multiplicación de marchas, sin embargo, revela que la discusión ya no es quién lucha contra la violencia machista, sino cómo y desde qué mirada se hace.


El norte, bajo la lluvia, mantiene el pulso

En Pamplona, cientos de manifestantes marcharon bajo una lluvia intensa con un mensaje claro: romper las “redes de complicidad machista”. Señalaron a las instituciones, a los medios que desacreditan a las víctimas y a una justicia que consideran insuficiente.

En Logroño, 300 personas encendieron velas por las 38 mujeres asesinadas este año, una imagen que resumió la solemnidad del día. En Avilés, más de 7.000 personas —la mayor marcha del norte— avanzaron tras una performance bautizada como “el cortejo de las ausentes”, un homenaje a las 39 mujeres asesinadas en 2025.


Andalucía: entre la violencia y el abandono sanitario

En Sevilla, dos marchas volvieron a representar el mapa de la división feminista. Una de ellas, convocada por la Asamblea Feminista Unitaria de Sevilla (AFUS), puso el foco en la sanidad pública y los fallos en los cribados del cáncer de mama, que pueden llegar tarde y con consecuencias mortales. Bajo el lema “Pública. Feminista. Universal. El abandono sanitario es violencia institucional”, miles de mujeres denunciaron que la salud también es un campo de batalla feminista.

La otra marcha, convocada por el Movimiento Feminista de Sevilla, enmarcó la violencia machista dentro de los conflictos internacionales y denunció la especial vulnerabilidad de las mujeres en las guerras.

En Granada, una única manifestación unió a plataformas feministas con un lema contundente: “De Graná a Palestina”, subrayando la conexión entre violencia patriarcal y contextos bélicos.

En Málaga, varios miles marcharon al grito de “no es no”, con especial atención en las denuncias archivadas y la falta de credibilidad institucional hacia las víctimas.


Bilbao y Santander: la violencia institucional bajo el foco

En Bilbao, miles de personas denunciaron la “violencia institucional” que sufren las víctimas cuando no se cumplen los protocolos, no se creen los testimonios o no se destinan los recursos necesarios. El mensaje fue duro: no basta con legislar, hay que garantizar que la administración actúa.

En Cantabria, una marcha unitaria reunió a 2.000 personas, una de las pocas regiones donde el feminismo mantiene, al menos en el 25N, una foto conjunta.


Cifras que duelen, discursos que avanzan

En lo que va de 2025, al menos 39 mujeres han sido asesinadas por violencia machista en España. La cifra varía ligeramente según comunidades y fuentes, pero el patrón se repite: el goteo no cesa. A ello se suman los menores huérfanos, una violencia vicaria que el Gobierno intenta atajar con un nuevo proyecto de ley, y los fallos en sistemas de control como las pulseras telemáticas, que se han convertido en un símbolo del colapso institucional.

Mientras tanto, Vox continúa negando la existencia de la violencia machista como categoría específica, impulsando discursos que equiparan violencia doméstica con violencia de género y rechazando leyes como la de 2004 o el Pacto de Estado. El PP oscila entre los consensos históricos y la tentación de ocupar el marco discursivo de la ultraderecha.


Un movimiento feminista en plena encrucijada

El 25N de este año confirma dos realidades paralelas:

  1. La violencia machista es estructural y sigue matando.
  2. El feminismo español está profundamente dividido.

La discusión ideológica es legítima, necesaria y parte de un movimiento vivo. Pero también evidencia un riesgo: la fragmentación puede debilitar la lucha común en un momento en el que el negacionismo ha dejado de ser marginal para instalarse en las instituciones.

El sector transfeminista insiste en que no se puede combatir la violencia de género excluyendo a mujeres trans o negando la existencia de las trabajadoras sexuales. El sector abolicionista, por su parte, defiende que la prostitución y la pornografía son pilares del patriarcado y que cualquier reconocimiento jurídico de identidades trans “borra a las mujeres”. Dos visiones que se acusan mutuamente de desviar o debilitar la lucha.


¿Qué queda después del 25N?

Queda una certeza: la violencia machista sigue y seguirá siendo una emergencia social en España. Y queda otra certeza igual de urgente: el movimiento feminista debe afrontar su debate interno sin dejar de lado la acción colectiva.

El morado vuelve a teñir las calles, pero no inaugura un consenso. El 25N ya no es solo la jornada que denuncia la violencia contra las mujeres; es también el espejo donde el feminismo se mira y se pregunta quién es, hacia dónde va y qué alianzas puede —o no puede— sostener mientras la ultraderecha empuja con fuerza.

En un país donde se renueva el Pacto de Estado y se proponen nuevas medidas, donde miles marchan cada año y donde la memoria de las asesinadas sigue presente en cada concentración, el desafío es doble: combatir la violencia machista y recuperar los puentes internos que el propio movimiento ha visto erosionarse.

Porque, más allá de las discrepancias, hay un grito que sí fue unánime este 25N:
el negacionismo mata, y la violencia contra las mujeres no admite retrocesos.

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